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14 de mayo de 2006

Edison Woods - ‘Shirts For Pennies’

del álbum ‘Seven Principles Of Leave No Trace’ (2003) // Pop
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Toda canción suele empezar con un acorde que, al estar libre de referencias anteriores, define de por sí el eje, el esqueleto armónico. Luego, a partir de ese acorde principal (llamado "tónica"), suele desarrollarse una cadencia de acordes secundarios que pertenecen a los grados subordinados a esa tónica.

Esto es lo que nuestro subconsciente nos comunica siempre al oír el primer acorde de toda canción. Todos intuimos, nuestro sentido común nos lo dice, aun sin saber nada de armonía, que debe de ser la "fundamental" (grado principal de toda tonalidad), porque todavía no ha habido ningun otro acorde con que relacionarlo.

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Pero la primera sorpresa aparece en el segundo acorde, ya que aporta un nuevo color que no esperábamos.

¿Por qué tenemos esta sensación?

Pues precisamente porque no se trataba de la tónica, ya que la relación entre ambos no ha sido la esperada.

Si escuchas con atención verás como toda la canción se basa sólo en estos dos acordes que van oscilando como si de un péndulo se tratara, incluso se puede oir el tic-tac del reloj, elaborado a partir del ruido de la mecánica del piano. Dónde mejor encajan no es haciendo de tónica, como esperábamos, sino haciendo de subdominante y de dominante en Re bemol mayor (grados IV-V). El acorde de tónica (grado I) nunca la vamos a oír. Toda la canción se duerme, susurra entorno a esa subdominante y esa dominante, como si no quisiera resolver, como si quisiera mantener ese suspense a lo largo de su corta vida. Por ello nos sorprende ya desde el inicio, nos captiva y fascina durante sus dos primeros minutos de vida.

Esta canción carece de estrofa+estribillo. Toda la melodía gira alrededor de esos dos acordes y no progresa armónicamente. Es como si solo tuviese estrofa, manteniéndonos con la esperanza de que llegue ese estribillo, como también el antes citado acorde de tónica omitido. Por esta razón, a medida que pasa el tiempo va acrecentando nuestro estado depresivo, ya que se pierden las espectativas de que la canción se desarrolle.

En cuanto a la orquestración, escuchamos al principio un piano vertical medio desafinado, expresamente mal producido, con un ritmo repetitivo que acentúa el vaivén de esos acordes. Con la aparición del susurro de voz se añade el bajo, casi imperceptible, sólo acentuando suavemente cada cambio de acorde. Todo encaja, todo parece coherente.

Hay una regla de oro que enseñan los americanos en las escuelas superiores de "songwriting": nunca digas más de tres veces una misma cosa. Si puede ser, a la tercera añade algun nuevo elemento que nos distraiga, que mantenga la tensión.

Esto, en principio, se resuelve aquí con creces (puedes seguir la paritura, si quieres).

Los primeros ocho compases presentan la estrofa, esta vez sólo con voz, piano y bajo. Escucha cómo durante los ocho siguientes (es decir, la repetición de la estrofa) oímos tres novedades: aparece una segunda voz, el piano dobla la melodía y el bajo se hace más perceptible.

En la segunda repetición aparecen la guitarra y las cuerdas, y se suprime la voz. Finalmente se vuelve a reducir la orquestración hasta llegar a una pequeña pausa musical a los 2:22 minutos. Hasta ahí todo parece funcionar.

El problema estructural se nos plantea a partir de ese momento. La escasez (voluntaria) de material armónico de que consta la canción requiere de un cuidado extremo para que se mantenga el interés. Pero parece no saber evolucionar, volviendo a repetirse, empezando de nuevo de forma desordenada a reutilizar los elementos ya empleados.

Las pequeñas variaciones melódicas no son suficientes para un oído que está a punto de renunciar a lo que va a venir, porque ese tambalear que en un inicio nos podía parecer eterno y maravilloso, acaba con nuestra paciencia, se queda a medio camino de lo que podría haber sido. Y aunque al final el demasiado simple epílogo de trio de cuerdas nos intente convencer de nuevo, estos dos minutos extra han sido el reflejo de una necesidad de llenar un tiempo que posiblemente no estaba calculado.

Es por eso que la sensación que nos queda es, quizás, la de habérsele apagado la mecha antes de tiempo.





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